Con la llegada de la III Dinastía se inicia el llamado
Imperio Antiguo. Un periodo de tal importancia que sin duda marcó
en gran parte las señas de identidad del Egipto posterior.
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| Pirámide escalonada
de Necherjet-Dyeser en Saqqara |
Tras los desórdenes con los que se inicia el
gobierno del primero de sus gobernantes, el escasamente conocido rey Sanajt*
(Nebka?) le sucede el que probablemente fuera su hermano, el rey Necherjet-Dyeser.
Éste, una vez resueltas lo que parecen dificultades políticas
de su antecesor, se encomendó a labores administrativas propias
de un incipiente estado, creando las bases
de las diferentes administraciones públicas y en especial a
aquéllas
referidas a la gobernación de sus nomos. Fijó a Menfis
como lugar de residencia y con ello la capital del país, y consolidó la
figura del visir como administrador de ese estado centralizado.
Organizó el ejército y estableció la unidad
que entre monarquía y religión iba a quedar ya definitivamente
unida para el futuro. En el terreno económico, advirtió la
importancia de las explotaciones mineras del Sinaí como
importante fuente de recursos y a ellas acudió en
búsqueda de
cobre y turquesa. Esa importante actividad administrativa, unida a la
otra económica, hizo que su gobierno generara notables
recursos en la sociedad egipcia y que éstos repercutieran
en su estabilidad política.
Pero si bien y por todas éstas razones hemos
de afirmar que Necherjet-Dyeser fue uno
de los más destacados gobernantes del Antiguo Egipto, también
hemos de señalar, que tuvo la fortuna de contar entre sus súbditos
con la presencia de uno de los más importantes genios del mundo
antiguo: Imhotep.
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Inscripción de Imhotep
en el recinto funerario de
Necherjet-Dyeser en Saqqara |
Imhotep, además de tesorero y sacerdote, fue
un notable médico y excepcional arquitecto, siendo a él
a quien se debió la idea de construir en piedra el monumento funerario
para su
señor en la que iba a ser la necrópolis de Menfis, Saqqara.
Un edificio que si bien se ideó con una sola planta, posteriormente
y seguro por las diferentes concepciones religiosas que se estaban
llevando
a cabo, pasó a convertirla en un edificio escalonado con el que
debió pretender facilitar la ascensión del espíritu
del rey muerto hacia el otro mundo con las consecuencias trascendentales
y por todos tan conocidas: nacían las pirámides.
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Estribaciones del
Wadi Magharah (Sinaí) |
A esta diferente concepción artística
se unió una también distinta forma de sustitución
de la presencia física del rey muerto, de tal manera que si hasta
entonces los elementos básicos de la disposición funeraria
(momia, estatua, estela y monumento funerario) podían no coincidir
en un mismo recinto, a partir de ése momento sí lo hicieron.
Eso sucedía a la vez que se generalizaba entre las clases
sociales más favorecidas (y no necesariamente de la realeza),
la construcción
de edificaciones en piedra que albergasen sus cuerpos: las mastabas.
El resto de monarcas de ésta dinastía
menfita son muy poco conocidos e incluso plantean tales lagunas históricas
que impiden crear el verdadero orden sucesorio. La no conclusión
de todos sus monumentos funerarios nos permite suponer que ello atendió
a lo efímero de unos reinados seguramente producto de dificultades
políticas, y es en ése peridodo dónde cabe destacar
monarcas como Sejemjet y Jaba,
no siendo hasta el último de ellos, un rey curiosamente conocido
como Huny, “El Golpeador”,
cuando se establece de nuevo el control total del país como
así parecen
indicar una serie de pequeñas pirámides o torres
testimoniales que probablemente éste rey mandó levantar
entre Elefantina en el Sur de Egipto y Atribis en el Delta, en
lo que parece una
clara
necesidad de fortalecer la presencia real y tras la suya, la del reino
único. Su tumba se creyó por mucho tiempo que era la pirámide
escalonada de Meidum (luego concluída por Seneferu),
pero hoy se cree que ésta no fue sino la pirámide inacabada
de Zawyet el-Aryam. Al igual que sucedió en la anterior dinastía,
una vez más
se vuelve a abandonar una necrópolis real; en éste caso
Saqqara.
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